Cómo empezó todo
La historia de mis ponchos
Antes de contarles la historia de mis ponchos, quiero compartirles por qué tejo.
Soy la hija del medio de dos hermanos maravillosos. Siempre bromeo diciendo que uno era el sol de mi padre y el otro el bebé consentido de mi madre, así que yo crecí prácticamente en la calle, rodeada de amigos, aventuras y mucha imaginación.
En mi cuadra vivían dos hermanas solteras junto con su mamá. Tenían una peluquería y, detrás del negocio, un pequeño jardín donde las tres se reunían a tejer todas las tardes.
Un día acompañé a mi mamá a la peluquería y las hermanitas Coto y Rita —así las llamaba mi papá, ¡jajaja!— me preguntaron si quería aprender a tejer. Abrí los ojos de emoción y, al día siguiente, regresé con mi muñeca Sofía bajo el brazo, desnuda y despeinada… casi igual que yo.
Ese día logré tejer un pequeño cuadrado. La mamá de ellas cerró los puntos, cosió las orillas y, de pronto, ese cuadrado se convirtió en una pequeña falda roja de lana para mi muñeca.
Corrí a casa llena de felicidad. En ese momento descubrí que, con un poco de hilo y mucha paciencia, podía crear cualquier cosa que imaginara. También pensé que nunca más me faltaría un suéter. 😊
Los años pasaron y, tiempo después, mi hermana mayor me enseñó un punto muy especial que ella misma había inventado. Con esa técnica comenzó a crear ponchos tejidos para usar junto al mar.
Yo decidí aprender.
Mis primeros quince ponchos me llevaron más de dos meses de trabajo, dedicando alrededor de dieciséis horas al día. Aprender a coserlos fue todo un desafío. Recuerdo pasar otras dieciséis horas perfeccionando una sola costura, hasta lograr que fuera prácticamente invisible y respetara el mismo dibujo del tejido.
Mi primer poncho tiene ya trece años y todavía lo sigo usando.
Con el tiempo fui perfeccionando el diseño. Me obsesioné con crear una prenda que pudiera adaptarse a cualquier mujer, sin importar su talla. Por eso incorporé dos cintas que permiten ajustarlo de diferentes maneras, para que también pueda usarse como falda o incluso como vestido.
También aumenté la cantidad de hilos para lograr una caída más elegante y comencé a seleccionar cuidadosamente cada color. Me inspiran los tonos de la tierra, porque transmiten calma, naturaleza y armonía. Las únicas excepciones son el negro y el rojo burdeos. El negro es perfecto para quienes viven en la ciudad y buscan una prenda versátil y elegante. El burdeos, en cambio, tiene una sofisticación especial y luce espectacular, especialmente en mujeres de cabello oscuro.
Cada uno de mis ponchos está tejido con amor. Y lo digo literalmente.
Mientras trabajo siempre estoy acompañada de música, alguna serie divertida o, la mayoría de las veces, meditaciones que me ayudan a conectar con la fuente de amor que todos llevamos dentro. Tejer también es mi forma de sanar, y deseo que esa energía acompañe a cada persona que vista uno de mis ponchos.
Nunca podré decir que esta técnica es completamente mía, porque el punto que les da vida fue creado por mi hermana. Yo simplemente he tenido el privilegio de perfeccionarlo, cuidarlo y compartirlo con el mundo.
Hasta hoy he tejido y vendido más de 400 ponchos. Cada uno requiere aproximadamente dos días completos de trabajo.
He probado confeccionarlos con hilos locales, pero la diferencia en calidad es enorme. Por eso sigo eligiendo hilos italianos de excelente calidad, porque sé que una prenda bien hecha puede acompañar a una persona durante muchos años.
Mi mayor deseo es que, cuando alguien vista uno de mis ponchos, no solo sienta su belleza y comodidad, sino también el tiempo, el cariño, la dedicación y el amor que quedaron tejidos en cada uno de sus hilos.
